Hay destinos que desafían el calendario. En el suroeste de Estonia, entre finales de marzo y principios de abril, la naturaleza dicta una pausa que no aparece en ningún almanaque convencional. Es la quinta estación, un fenómeno efímero y fascinante que transforma por completo el Parque Nacional de Soomaa. Cuando el deshielo primaveral y las lluvias hacen que los ríos se desborden, los prados se convierten en lagos, los bosques quedan convertidos en islas dispersas y las granjas tradicionales parecen flotar sobre un espejo de agua. Lejos de paralizar la vida, esta inundación periódica da paso a una forma única de habitar y explorar el territorio.
Aquí, el agua no es un obstáculo, sino la propia carretera. Y para transitarla, los lugareños recurren a una tradición centenaria: las haabjas. Se trata de embarcaciones talladas en un único tronco de álamo, ligeras y silenciosas, que desde 2021 son reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. A bordo de una de estas canoas, guiados por quienes aún dominan el oficio de tallarlas, el visitante se desliza sobre praderas sumergidas, navega entre árboles cuyas copas emergen a ras del agua y accede a rincones que, solo unas semanas después, volverán a ser tierra firme. Conocer los talleres donde unos pocos maestros transmiten este saber a las nuevas generaciones es tan revelador como remar en silencio sobre este paisaje líquido.
Pero la quinta estación se explora también desde otras perspectivas. Para los amantes del senderismo, Soomaa ofrece pasarelas de madera que serpentean sobre turberas, uno de los humedales más característicos del país. Con la ayuda de bog shoes —unas calzadas diseñadas para caminar sin dañar el frágiel ecosistema—, es posible adentrarse en estos territorios esponjosos donde el musgo, el brezo y los pequeños lagos ocultos crean un paisaje casi onírico.
Es también el momento más generoso para los observadores de aves y los fotógrafos. La fauna salvaje se muestra más accesible, y las torres de observación, como la del sendero de Riisa, ofrecen miradores privilegiados sobre la llanura anegada. La luz, tamizada por la niebla matinal y los reflejos perfectos sobre el agua, convierte cada disparo en una postal imposible. Los guías locales, guardianes de la memoria y las leyendas de esta región, completan la experiencia con relatos que revelan la profunda conexión entre los habitantes de Soomaa y los ciclos naturales.
Más allá del parque, el deshielo primaveral regala otros espectáculos en Estonia. El Pozo de la Bruja de Tuhala, en condiciones óptimas, llega a expulsar hasta cien litros de agua por segundo, un fenómeno que desafía la lógica. Las cascadas de Valaste y Jägala, por su parte, multiplican su caudal y su fuerza, ofreciendo estampas de una belleza arrebatadora. Eso sí, quien desee presenciarlo deberá hacerlo con la flexibilidad que exige la naturaleza: las fechas exactas nunca están garantizadas, porque la quinta estación no sigue relojes, sino el pulso de la tierra.
Soomaa invita así a rendirse al ritmo lento de un país donde el pasado y el futuro se entrelazan, donde los bosques son infinitos y el silencio solo se rompe con el suave chapoteo de una canoa de madera. Porque en Estonia, el tiempo no se mide en horas, sino en experiencias capaces de transformar la forma en que miramos el mundo.





