Milán no fue solo una etapa en la vida de Leonardo da Vinci. Fue el centro de experimentación del artista: ciudad de duques, canales, caballos imposibles, manuscritos, muros pintados y sueños técnicos. Un viaje por sus huellas permite mirar la capital lombarda con otros ojos: no solo como destino de moda y diseño, sino como una de las grandes ciudades “leonardescas” de Europa.
Milán y Leonardo da Vinci: más allá de la Última Cena
En Milán Leonardo pervive en sus calles, sus museos, sus iglesias, sus canales y hasta sus viejos proyectos inacabados. Para entender al maestro toscano no basta con detenerse ante La Última Cena, aunque ese sea el punto de partida natural, casi obligado, de cualquier ruta.
Leonardo llegó a Milán en 1482 para ponerse al servicio de Ludovico Sforza, llamado el Moro. Venía de Florencia, pero fue en la capital lombarda donde encontró una corte dispuesta a escuchar sus ambiciones: pintar, diseñar máquinas, estudiar el agua, imaginar sistemas defensivos, planificar fiestas, pensar esculturas monumentales y dejar por escrito algunas de las páginas más fascinantes del Renacimiento. Milán le ofreció escala. Él le devolvió visión.
Santa Maria delle Grazie: el gran comienzo
La ruta empieza en Santa Maria delle Grazie, donde el antiguo refectorio dominico conserva una de las obras más célebres de la historia del arte: La Última Cena. La pintura mural, realizada en la pared norte del comedor conventual, no es solo una imagen religiosa. Es una escena detenida en el instante exacto en que Cristo anuncia la traición y el mundo de los apóstoles se rompe en gestos, miradas y silencios.
El conjunto formado por la iglesia, el convento y la obra de Leonardo fue inscrito por la UNESCO como Patrimonio Mundial en 1980, que subraya el carácter excepcional de la pintura y su unión inseparable con el lugar para el que fue concebida. Santa Maria delle Grazie es solo la puerta de entrada a un Leonardo más amplio, menos evidente y quizá más emocionante.
El Códice Atlántico: entrar en la mente de Leonardo
A poca distancia, la Biblioteca y Pinacoteca Ambrosiana conserva uno de los grandes tesoros “leonardescos”: el Códice Atlántico, considerado la mayor colección de escritos y dibujos de Leonardo da Vinci. En sus páginas aparece el Leonardo ingeniero, anatomista, arquitecto, estudioso de la naturaleza, observador del vuelo, de las máquinas, de la geometría y del movimiento.
El mito se vuelve trabajo. No hay solo genialidad, sino método: apuntes, pruebas, tachaduras, ideas que avanzan freneticamente. La Ambrosiana permite comprender que Leonardo no pensaba en compartimentos cerrados. Para él, el arte, la ciencia y la técnica pertenecían a un mismo impulso: mirar mejor el mundo para poder transformarlo.
El Castello Sforzesco y la Sala delle Asse
Otro lugar esencial es el Castello Sforzesco, corazón político de aquel Milán ducal que recibió a Leonardo. Allí se conserva la memoria de la Sala delle Asse, decorada por el artista con un complejo entramado vegetal en trampantojo, formado por ramas de morera que se entrelazan en la bóveda y las paredes. El Castello Sforzesco actualmente se encuentra en restauración, con acceso virtual a través de exposiciones digitales.
La Sala delle Asse muestra a un Leonardo distinto al del Cenacolo. Aquí no domina la narración religiosa, sino la naturaleza convertida en arquitectura. Árboles, cuerdas, sombra, perspectiva y poder cortesano se mezclan en un espacio que habla tanto del artista como de su tiempo. Es, en cierto modo, un bosque intelectual dentro de un castillo.
El Castello conserva además otros testimonios vinculados a Leonardo, entre ellos un cuaderno autógrafo con bocetos, esquemas de máquinas bélicas y listas de vocabulario, así como un dibujo preparatorio relacionado con la desaparecida Leda.
El caballo que Leonardo no pudo ver
Entre las historias más hermosas de Leonardo en Milán está la del Cavallo di Leonardo, el gran monumento ecuestre concebido para honrar a Francesco Sforza. El proyecto nació en 1482 por encargo de Ludovico il Moro y debía convertirse en una de las mayores estatuas ecuestres de su tiempo. Leonardo trabajó durante años en estudios anatómicos, proporciones y soluciones técnicas, pero la obra no llegó a fundirse en bronce durante su vida.
La versión monumental que hoy se alza junto al Hipódromo de San Siro fue realizada por la escultora japonesa-estadounidense Nina Akamu, inspirándose en los dibujos originales de Leonardo, y se instaló en Milán en 1999.
Este caballo tiene algo profundamente “leonardesco”: pertenece a la vez al fracaso y a la persistencia. Leonardo no lo vio terminado, pero su idea sobrevivió cinco siglos. No es solo una escultura; es la prueba de que algunos proyectos, cuando nacen con verdadera grandeza, esperan su momento.
Leonardo y el agua de Milán
Milán también conserva el rastro del Leonardo ingeniero en su relación con el agua. Los Navigli, los canales milaneses, ya existían antes de su llegada, pero fueron para él un campo de observación privilegiado. El Museo Nacional de Ciencia y Tecnología recuerda su interés por la ingeniería hidráulica y por la posibilidad de “transportar el agua de un lugar a otro”, una preocupación documentada ya en su carta a Ludovico Sforza.
En este terreno conviene ser preciso: Leonardo no “inventó” los Navigli, pero sí estudió y propuso soluciones vinculadas a esclusas, niveles y navegación. En la ciudad, esa memoria sigue asociada a lugares como la Conca dell’Incoronata, en la zona de Via San Marco, uno de los puntos donde la historia hidráulica de Milán todavía puede leerse sobre el terreno.
El Museo Nacional de Ciencia y Tecnología
El Museo Nazionale Scienza e Tecnologia Leonardo da Vinci completa la experiencia desde una perspectiva distinta. Sus galerías dedicadas a Leonardo permiten acercarse al creador de máquinas, al estudioso de mecanismos y al hombre que entendió la técnica como una extensión de la mirada. El museo presenta sus nuevas Galerías Leonardo y una importante colección histórica de modelos de máquinas.
Es una visita especialmente útil para quien quiera ir más allá del pintor. Allí aparece el Leonardo que piensa con las manos: engranajes, poleas, agua, vuelo, guerra, arquitectura. No sustituye a los lugares históricos, pero ayuda a comprenderlos.
“Leonardo Horse”: el sueño contado en lenguaje japonés
El itinerario puede cerrarse con una lectura contemporánea: el cortometraje de animación Leonardo’s Horse, de estética japonesa. La pieza, dirigida por Yibi Hu y creada por The Cuddly Pets of Komodo para YesMilano, reinterpreta el sueño del caballo de Leonardo a través del lenguaje animado. El corto se vinculó a la presentación de obras milanesas de Leonardo en el Pabellón de Italia de la Expo Osaka 2025 y busca tender un puente entre Milán, Japón, la memoria renacentista y la imaginación visual contemporánea.
Milán, ciudad leonardesca
Viajar por el Milán de Leonardo es aceptar que el genio no cabe en una sola obra. Está en el Cenacolo, sí, pero también en un castillo, en una biblioteca, en un caballo de bronce, en los canales, en los dibujos, en las máquinas y en esa forma de mirar que une belleza y conocimiento.
Quizá por eso Milán resulta tan importante para entenderlo. Florencia explica sus raíces. Francia guarda su final. Pero Milán conserva el momento en que Leonardo pudo ser casi todo a la vez: pintor, ingeniero, escenógrafo, urbanista, científico, soñador y cortesano. Una ciudad para seguir sus huellas sin prisa, con la sensación de que cada lugar añade una pieza más a un retrato imposible de cerrar.





