Más allá de sus playas y acantilados, el interior del Algarve descubre un paisaje de colinas, pueblos blancos, olivares y viñedos que recuerda inevitablemente a la Toscana. El Barrocal algarvio es una de las caras más desconocidas y sorprendentes del sur de Portugal.
Nos encantan las comparaciones y poner sobrenombres a pueblos o regiones para identificar más fácilmente las cualidades más destacadas de cada lugar. Por eso, repartidas por el mundo encontramos varias “Venecias”, algún que otro “Manhattan” y hasta lugares que compiten por convertirse en nuevas “Laponias” cuando llega el invierno. Y, por supuesto, no podía faltar la Toscana. Pocas regiones han conseguido que su nombre evoque por sí solo una estampa tan reconocible: colinas onduladas, carreteras que serpentean entre campos, pequeños pueblos, olivos y viñedos y horizontes que parecen sacados de una película romántica.
Para encontrar algo parecido no siempre hay que viajar hasta Italia. Portugal, que, por cierto, ya cuenta con su particular “Venecia”, esconde también un territorio que comparte muchos ingredientes con la Toscana. Y está, curiosamente, en una de sus regiones más conocidas por algo completamente diferente: sus playas. Solo hay que alejarse unos kilómetros de la costa del Algarve para descubrir el Barrocal, la franja de terreno que se extiende entre el litoral y las sierras del interior. Aquí desaparecen los grandes arenales y los acantilados para dejar paso a un paisaje de colinas suaves, caminos entre campos, olivos, almendros, algarrobos, higueras y pequeñas localidades de casas blancas que muestran una cara mucho menos conocida de la región, pero igualmente encantadora.
El entorno de Loulé es uno de los mejores lugares para descubrirla. Desde la ciudad se puede continuar hacia Querença, Salir o Alte, enlazando pequeñas carreteras que atraviesan un paisaje rural donde los cultivos tradicionales siguen marcando buena parte del territorio. No hay cipreses perfectamente alineados ni villas renacentistas coronando cada colina, pero tampoco hacen falta para entender de dónde surge la comparación.
El Algarve que empieza donde termina la playa
Esta parte del Algarve ha vivido durante décadas a la sombra de su costa. Sin embargo, basta con tomar la EN124 y recorrer algunos de los pueblos del interior para comprobar hasta qué punto cambia el paisaje. Alte, con sus casas encaladas, chimeneas tradicionales y calles estrechas; Salir, rodeado de campos de cultivo y pequeñas elevaciones, y Querença, asentada sobre una colina, forman una de las rutas más interesantes para adentrarse en ese Algarve rural que derrocha encanto.
El paisaje continúa hacia São Brás de Alportel y Santa Catarina da Fonte do Bispo, donde aparecen también alcornoques, olivares y terrenos de tonos ocres y rojizos en cuanto el otoño asoma. Es un territorio para recorrer sin necesidad de grandes monumentos como excusa, ya que buena parte de su atractivo está precisamente en las carreteras secundarias, los pequeños núcleos de población y las vistas que van apareciendo entre una colina y la siguiente.
Aquí también hay vino
Y si faltaba algún ingrediente para alimentar todavía más la comparación con la Toscana, aparece la vid. El Algarve cuenta con una tradición vitivinícola propia y varias zonas de producción repartidas por la región. Hoy el Algarve cuenta con cuatro Denominaciones de Origen: Lagoa, Lagos, Portimão y Tavira, además de la Indicación Geográfica Algarve, que abarca toda la región. Su situación entre la sierra y el océano, un clima mediterráneo cálido y seco y más de 3.000 horas de sol al año crean unas condiciones particulares para el cultivo de la vid.
Entre las variedades tradicionales aparecen nombres como Negra Mole, Crato Branco —también conocida como Síria—, Arinto, Trincadeira o Castelão. Especialmente interesante es la Negra Mole, una de las castas más vinculadas históricamente al Algarve y que en los últimos años ha vuelto a ganar protagonismo.
El vino permite, además, descubrir la región de otra manera. Bodegas y fincas repartidas por el Algarve ofrecen catas, visitas a viñedos y experiencias gastronómicas, una oferta que ha crecido lo suficiente como para contar ya con una ruta propia de enoturismo.
Una de las bodegas más visitadas es Quinta dos Vales (Estômbar / Lagoa). Es una de las más famosas ya que suma el encanto de su bodega tradicional con un espacio dedicado al arte. El espacio ocupado por más de 100 esculturas de animales de colores muy llamativos creadas por su propio fundador es uno de los más fotografiados. Después del paseo toca cata de sus caldos.
Por su parte, Morgado do Quintão (Lagoa) se corresponde con la bodega más tradicional, ya que se trata de una finca histórica y familiar rodeada de olivos centenarios y cepas con años de historia. Conserva la esencia más auténtica y tradicional del Algarve rural, con edificios blancos y un ambiente muy exclusivo y elegante.
El punto diferenciador lo pone ARVAD Wine (Estômbar). Está situada en un entorno natural privilegiado a orillas del río Arade, ofreciendo unas vistas panorámicas preciosas hacia la histórica ciudad de Silves. Su diseño une modernidad y un guiño a la antigua herencia fenicia de la zona.
Y es que razones no faltan para alejarse unos kilómetros de la playa y descubrir un Algarve diferente, de colinas, pueblos blancos, viñedos y carreteras secundarias, que todavía guarda muchas sorpresas.








