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Buenos dias desde Cueva de los Verdes

Buenos días desde Cueva de los Verdes (Lanzarote, Canarias): pocas experiencias igualan la emoción de saludar al día bajo tierra, en el corazón de un tubo volcánico que respira historia, silencio y una belleza casi lunar. Este es un lugar donde la geología se vuelve poesía y donde cada paso invita a escuchar el murmullo antiguo de la isla. Si amaneces aquí, descubrirás que el sol también sabe filtrarse en la penumbra.

Amanecer en la Cueva de los Verdes, Lanzarote

Llegar temprano a la Cueva de los Verdes tiene algo de rito iniciático. El aire es fresco, el entorno todavía desperezándose, y el viento alisio acaricia los llanos de lava que anteceden la entrada. El “buenos días” se dice en voz baja, casi con respeto: estás a punto de sumergirte en una catedral subterránea, esculpida por fuego y paciente erosión.

Mientras el resto de la isla comienza su jornada, aquí la claridad exterior apenas se intuye. La penumbra reina, y el contraste con la luz del amanecer allá fuera te hace más consciente de los colores de la roca: ocres, rojizos, negros que brillan como metal al recibir el primer destello de iluminación. Empieza así un diálogo íntimo entre tus ojos y las texturas del basalto.

La calma de la mañana te regala otro privilegio: el silencio. Sin grupos numerosos, los pasadizos parecen más amplios, el suelo más nítido, y el rumor de tus pasos se convierte en una melodía mínima. Es el momento perfecto para sentir que la cueva te habla, y que tú, como visitante, solo estás de paso por un testigo milenario.

Origen volcánico: el tubo de lava de La Corona

La Cueva de los Verdes es parte de un gran tubo volcánico originado por las erupciones del volcán de La Corona, al norte de Lanzarote. En un pasado remoto, ríos de lava fluían hacia la costa; la capa exterior, al enfriarse, creó una bóveda que permitió que la lava líquida siguiera su curso por dentro. Al vaciarse, quedó el túnel: una arteria de roca que hoy podemos recorrer.

Este tubo se extiende varios kilómetros tierra adentro y continúa bajo el mar en el conocido Túnel de la Atlántida, una de las galerías volcánicas submarinas más largas del planeta. En superficie, el colapso del techo en ciertos tramos creó “jameos” o aberturas naturales, que funcionan como bocas de luz y ventilación. Entre ellos, los célebres Jameos del Agua, hermanos de la Cueva en esta misma anatomía volcánica.

Caminar por la Cueva de los Verdes es, en realidad, atravesar un fósil de lava en tres dimensiones. Las paredes muestran rosetas, “cuerdas” y burbujas solidificadas; los tonos se superponen según minerales y temperaturas; y cada sala es un capítulo de la historia del fuego. Aquí la geología no se estudia: se vive.

Luz, sombras y acústica: los secretos del túnel

La iluminación de la Cueva, diseñada con sensibilidad artística, no pretende desvelarlo todo. Al contrario: sugiere, acaricia volúmenes, resalta pliegues y deja que las sombras cuenten la mitad del relato. El resultado es un teatro subterráneo donde el protagonista es el relieve y el espectador descubre, paso a paso, su propia mirada.

Uno de los tesoros más celebrados es su acústica. En el auditorio natural, la piedra funciona como una caja de resonancia sublime: una nota tenue puede expandirse como si encontrara alas. Ocasionalmente se celebran conciertos que aprovechan esta cualidad y, si tienes la suerte de coincidir, entenderás por qué muchos músicos sueñan con tocar aquí abajo.

Y luego está “el secreto” de la Cueva de los Verdes, un juego óptico y espacial que los guías custodian con complicidad. No hace falta revelarlo para apreciarlo: forma parte de esa magia que te recuerda que en el subsuelo las percepciones cambian. La cueva no engaña; solo te enseña que la mirada también es un paisaje.

Recorrido guiado: consejos para tu visita matinal

Las visitas son guiadas y de duración aproximada de 50 a 60 minutos, con grupos en varios idiomas. Llegar a primera hora te permitirá disfrutar de un ritmo más pausado y de estancias menos concurridas, ideal para la contemplación y la fotografía. Siempre conviene consultar horarios actualizados y disponibilidad de entradas antes de ir.

El interior mantiene una temperatura suave todo el año, pero lleva calzado cerrado con buena suela: el terreno puede ser irregular y hay escalones. Si eres alto, recuerda inclinarte en algunos pasajes bajos; y si padeces claustrofobia o problemas severos de movilidad, valora tu comodidad antes de entrar, ya que hay tramos estrechos y subidas.

Respeta las indicaciones del guía: no te salgas del sendero, evita tocar las formaciones y modera el uso del flash para no molestar a otros visitantes ni alterar la atmósfera. Un pequeño consejo fotográfico: juega con el balance de blancos y los contrastes; la cueva premia a quien busca detalles más que panorámicas.

Qué ver cerca: Jameos del Agua y paisajes únicos

A escasos minutos se encuentran los Jameos del Agua, una intervención artística que dialoga con la naturaleza volcánica y la luz atlántica. Allí, un lago interior alberga diminutos cangrejos ciegos endémicos, y la arquitectura se integra con la roca para crear un espacio que es a la vez museo, jardín y refugio.

El entorno del Malpaís de La Corona ofrece senderos entre lavas cordadas y coladas pahoehoe que parecen ríos petrificados. Desde ciertos puntos, el océano asoma como una lámina de acero y, en días claros, la vecina isla de La Graciosa dibuja su silueta al norte. No muy lejos, el Mirador del Río regala vistas que cortan la respiración.

Completa la mañana con una parada en los pueblos cercanos: Haría, con su valle de palmeras, o Arrieta y Órzola, perfectos para un pescado fresco frente al mar. La gastronomía local —quesos, papas arrugadas, mojos— es el maridaje perfecto para una jornada de lava y luz. Porque en Lanzarote, el paisaje también se come.

En la Cueva de los Verdes, el “buenos días” suena distinto: es un saludo al tiempo y a la tierra, a la paciencia del fuego y al ingenio humano que supo escucharla. Saldrás a la superficie con los ojos acostumbrados a la penumbra y el corazón un poco más lento, como quien ha conversado en voz baja con la isla. Y quizá, al mirar el cielo, agradezcas que también existan amaneceres bajo tierra.

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Buenos dias desde Cueva de los Verdes

Buenos días desde Cueva de los Verdes (Lanzarote, Canarias): pocas experiencias igualan la emoción de saludar al día bajo tierra, en el corazón de un tubo volcánico que respira historia, silencio y una belleza casi lunar. Este es un lugar donde la geología se vuelve poesía y donde cada paso invita a escuchar el murmullo antiguo de la isla. Si amaneces aquí, descubrirás que el sol también sabe filtrarse en la penumbra.

Amanecer en la Cueva de los Verdes, Lanzarote

Llegar temprano a la Cueva de los Verdes tiene algo de rito iniciático. El aire es fresco, el entorno todavía desperezándose, y el viento alisio acaricia los llanos de lava que anteceden la entrada. El “buenos días” se dice en voz baja, casi con respeto: estás a punto de sumergirte en una catedral subterránea, esculpida por fuego y paciente erosión.

Mientras el resto de la isla comienza su jornada, aquí la claridad exterior apenas se intuye. La penumbra reina, y el contraste con la luz del amanecer allá fuera te hace más consciente de los colores de la roca: ocres, rojizos, negros que brillan como metal al recibir el primer destello de iluminación. Empieza así un diálogo íntimo entre tus ojos y las texturas del basalto.

La calma de la mañana te regala otro privilegio: el silencio. Sin grupos numerosos, los pasadizos parecen más amplios, el suelo más nítido, y el rumor de tus pasos se convierte en una melodía mínima. Es el momento perfecto para sentir que la cueva te habla, y que tú, como visitante, solo estás de paso por un testigo milenario.

Origen volcánico: el tubo de lava de La Corona

La Cueva de los Verdes es parte de un gran tubo volcánico originado por las erupciones del volcán de La Corona, al norte de Lanzarote. En un pasado remoto, ríos de lava fluían hacia la costa; la capa exterior, al enfriarse, creó una bóveda que permitió que la lava líquida siguiera su curso por dentro. Al vaciarse, quedó el túnel: una arteria de roca que hoy podemos recorrer.

Este tubo se extiende varios kilómetros tierra adentro y continúa bajo el mar en el conocido Túnel de la Atlántida, una de las galerías volcánicas submarinas más largas del planeta. En superficie, el colapso del techo en ciertos tramos creó “jameos” o aberturas naturales, que funcionan como bocas de luz y ventilación. Entre ellos, los célebres Jameos del Agua, hermanos de la Cueva en esta misma anatomía volcánica.

Caminar por la Cueva de los Verdes es, en realidad, atravesar un fósil de lava en tres dimensiones. Las paredes muestran rosetas, “cuerdas” y burbujas solidificadas; los tonos se superponen según minerales y temperaturas; y cada sala es un capítulo de la historia del fuego. Aquí la geología no se estudia: se vive.

Luz, sombras y acústica: los secretos del túnel

La iluminación de la Cueva, diseñada con sensibilidad artística, no pretende desvelarlo todo. Al contrario: sugiere, acaricia volúmenes, resalta pliegues y deja que las sombras cuenten la mitad del relato. El resultado es un teatro subterráneo donde el protagonista es el relieve y el espectador descubre, paso a paso, su propia mirada.

Uno de los tesoros más celebrados es su acústica. En el auditorio natural, la piedra funciona como una caja de resonancia sublime: una nota tenue puede expandirse como si encontrara alas. Ocasionalmente se celebran conciertos que aprovechan esta cualidad y, si tienes la suerte de coincidir, entenderás por qué muchos músicos sueñan con tocar aquí abajo.

Y luego está “el secreto” de la Cueva de los Verdes, un juego óptico y espacial que los guías custodian con complicidad. No hace falta revelarlo para apreciarlo: forma parte de esa magia que te recuerda que en el subsuelo las percepciones cambian. La cueva no engaña; solo te enseña que la mirada también es un paisaje.

Recorrido guiado: consejos para tu visita matinal

Las visitas son guiadas y de duración aproximada de 50 a 60 minutos, con grupos en varios idiomas. Llegar a primera hora te permitirá disfrutar de un ritmo más pausado y de estancias menos concurridas, ideal para la contemplación y la fotografía. Siempre conviene consultar horarios actualizados y disponibilidad de entradas antes de ir.

El interior mantiene una temperatura suave todo el año, pero lleva calzado cerrado con buena suela: el terreno puede ser irregular y hay escalones. Si eres alto, recuerda inclinarte en algunos pasajes bajos; y si padeces claustrofobia o problemas severos de movilidad, valora tu comodidad antes de entrar, ya que hay tramos estrechos y subidas.

Respeta las indicaciones del guía: no te salgas del sendero, evita tocar las formaciones y modera el uso del flash para no molestar a otros visitantes ni alterar la atmósfera. Un pequeño consejo fotográfico: juega con el balance de blancos y los contrastes; la cueva premia a quien busca detalles más que panorámicas.

Qué ver cerca: Jameos del Agua y paisajes únicos

A escasos minutos se encuentran los Jameos del Agua, una intervención artística que dialoga con la naturaleza volcánica y la luz atlántica. Allí, un lago interior alberga diminutos cangrejos ciegos endémicos, y la arquitectura se integra con la roca para crear un espacio que es a la vez museo, jardín y refugio.

El entorno del Malpaís de La Corona ofrece senderos entre lavas cordadas y coladas pahoehoe que parecen ríos petrificados. Desde ciertos puntos, el océano asoma como una lámina de acero y, en días claros, la vecina isla de La Graciosa dibuja su silueta al norte. No muy lejos, el Mirador del Río regala vistas que cortan la respiración.

Completa la mañana con una parada en los pueblos cercanos: Haría, con su valle de palmeras, o Arrieta y Órzola, perfectos para un pescado fresco frente al mar. La gastronomía local —quesos, papas arrugadas, mojos— es el maridaje perfecto para una jornada de lava y luz. Porque en Lanzarote, el paisaje también se come.

En la Cueva de los Verdes, el “buenos días” suena distinto: es un saludo al tiempo y a la tierra, a la paciencia del fuego y al ingenio humano que supo escucharla. Saldrás a la superficie con los ojos acostumbrados a la penumbra y el corazón un poco más lento, como quien ha conversado en voz baja con la isla. Y quizá, al mirar el cielo, agradezcas que también existan amaneceres bajo tierra.

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