En Granada, el «buenos días» es un susurro con eco de historia y un aroma a jazmín y azahar.
La mañana aquí tiene una cualidad mágica y solemne, especialmente cuando los primeros rayos de sol impactan contra las torres rojizas de la Alhambra, iluminándola como un tesoro recién descubierto. Desde los miradores del Albaicín, este espectáculo es un lienzo en vivo, donde el cielo cambia de azul oscuro a dorado sobre la fortaleza nazarí y los ondulados barrios históricos a sus pies.
El despertar granadino es pausado.
El olor a pan recién horneado de las tahonas se mezcla con el de los naranjos que decoran las plazas. Un «buenos días» se cruza con el vecino camino del mercado de San Agustín, donde los puestos empiezan a ofrecer los productos de la vega. Muy pronto, el sonido del agua corriendo por las acequias árabes y las fuentes se convierte en la banda sonora del barrio del Realejo o del Sacromonte.
El verdadero ritual matutino en Granada
Es detenerse en una tetería del Albaicín o en un bar junto a la Catedral para tomar un café y unas tostadas con aceite, acompañadas, por supuesto, de una vista que quita el hipo. Decir «buenos días» aquí es sentirse parte de un legado único, donde lo árabe, lo gitano y lo cristiano se funden. Es la promesa de un día que puede terminar con un paseo por los cármenes floridos, una visita al Palacio de los Leones y, cómo no, con el embrujo de un tablao al anochecer. Granada no te da solo los buenos días, te regala un pedazo de su alma con la primera luz.



