El «ohayō gozaimasu» (buenos días), en Kioto.
Es un murmullo de profundo respeto y serenidad que parece surgir de la tierra misma. La antigua capital de Japón despierta con una calma casi ceremonial. El primer sonido puede ser el canto de un uguisu (ruiseñor japonés) en los bosques de Arashiyama, el roce de una escoba de bambú barriendo el acceso a un templo, o el agua fluyendo ritualmente por el arroyo que limpia las manos de los visitantes en Fushimi Inari.
El aroma matutino.
Es a ciprés húmedo, incienso de sándalo (senkō) quemándose en los altares budistas y, más tarde, el verde intenso del matcha que se prepara en las casas de té de Gion. El día comienza temprano para los monjes con sus oraciones y para los pescaderos del mercado de Nishiki, que disponen su mercancía con precisión milimétrica. Pasear por un distrito como Higashiyama al amanecer es una lección de belleza efímera: la luz suave ilumina las calles de piedra y las puertas de las machiya (casas tradicionales) sin la multitud, ofreciendo una Kioto auténtica y contemplativa.
Decir «buenos días» aquí es un ejercicio de mindfulness.
Es observar cómo la luz cambia sobre el pabellón dorado de Kinkaku-ji o cómo los jardines de musgo del templo Saihō-ji revelan sus tonos verdes. Es la promesa de un día de encuentro con la esencia de Japón: la ceremonia del té, la elegancia de una geisha, la quietud de un jardín zen. Kioto te recibe no con bullicio, sino con una invitación a la paz interior y al asombro silencioso.



