Buenos días en Gjirokastër, Albania: Siete campanadas y un byrek

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Gjirokastër, Albania

En Gjirokastër no hay despertador que valga. La mañana llega con siete campanadas desde la mezquita del Bazar, seguidas del tintineo de las teteras de cobre que arrastran las mujeres por las callejas empedradas. Y luego, el olor. Ese olor a masa de hojaldre tostándose sobre brasas que sube desde la calle más baja y se cuela por las ventanas de pizarra. Síguelo. Él te llevará hasta Shpresa, una abuela de 70 años que prepara el mejor byrek de la Ciudad de Piedra.

Shpresa no entiende el inglés ni el italiano, pero sonríe y te señala un banco de madera frente a su horno. El byrek aquí no es el triángulo seco que sirven en Tirana. Es una empanada gigante, recién salida, que ella corta con unas tijeras. El relleno: espinacas silvestres, queso feta de cabra y un huevo que se cuaja en el camino. El primer bocado cruje como hojas secas. El segundo ya es melancolía.

Ella te sirve un vaso de dhallë –esa bebida blanca, ácida y extrañamente refrescante– y se sienta a tu lado. Mientras comes, te cuenta (con las manos) que su abuela ya hacía byrek en esta misma calle, cuando Albania era reino, luego reino fascista, luego comunista y ahora todo eso. La piedra de Gjirokastër, dice, ha visto más guerras que sonrisas, pero cada mañana el byrek sigue caliente.

Con las mejillas manchadas de queso, emprendes la subida hacia el castillo. No es una caminata cualquiera: las losas de pizarra están pulidas por siglos de sandalias, zapatos militares y hoy zapatillas de deporte. Desde la fortaleza, la ciudad parece un mar de tejados grises y chimeneas humeantes. Dentro, un avión Lockheed de la era de Hoxha descansa junto a cañones otomanos. Pero lo mejor es la cafetería del castillo, abierta a las 10, donde tomas un café turco espeso mientras ves cómo el sol quema la niebla del valle.

Bajas por la calle del Bazar Antiguo, donde ya han abierto las tiendas de tapices y las raxhia (aguardiente de uva) en botellas recicladas. Un hombre te ofrece petulla (buñuelos) recién fritos. Compras tres por un euro. Y piensas que, en este rincón de Albania que aún no ha sido invadido por el turismo, cada mañana es un pequeño milagro de olores, ruidos y sabores sin filtro.

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