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Buenos días en Bukhara, Uzbekistán: El panadero de la cúpula turquesa

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Las cúpulas de Bukhara aún están azules cuando Rustam enciende su tandyr. Son las seis de la mañana, el frío de la noche se pega a los ladrillos de la plaza Poi Kalyan, y él ya amasa la masa que alimenta a medio barrio. Viajero, si quieres entender esta ciudad de la Ruta de la Seda, no madrugues para ver el minarete: madruga para ver a Rustam. Él te recibirá con un khayrli tong y un non recién sacado del horno, tan caliente que quemará tus dedos mientras lo partes.

El non aquí no es un pan cualquiera. Es un disco de trigo estampado con el sello familiar de cada panadería –el de Rustam tiene un camello– y se come con kaymak (nata de búfala) y miel de algodón. Los comerciantes del bazar lo mojan en té verde mientras repasan cuentas. Los niños lo llevan a la escuela envuelto en un trapo. Y los viajeros despistados que duermen hasta tarde lo buscan sin éxito, porque a las nueve ya no queda ni uno.

Después de compartir el desayuno con Rustam –él habla poco pero sonríe mucho–, caminas hacia la mezquita Kalyan. El sol ya ha trepado por el alminar de 45 metros y baña de ocre los azulejos. Entras al patio, te quitas las zapatillas y sientes el frescor de las columnas de madera tallada. Un anciano lee el Corán en voz baja. Dos mujeres barren las losas con escobas de ramas. No hay prisas. Bukhara no las entiende.

Más tarde, el laberinto de callejuelas te lleva al mercado de cúpulas, donde los vendedores de alfombras y especias empiezan a desplegar sus mercancías. Pruebas una samsa de cordero, crujiente por fuera, jugosa por dentro. Y ya de paso, un vaso de leche de camella –Rustam te habría dicho que es para tener huesos de acero–. Así pasas la mañana: sin horarios, sin GPS, dejándote llevar por el olor del pan y la voz de un panadero que lleva 30 años despertando a Bukhara.

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